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¿Qué hacer en estos momentos con el Teléfono de la Esperanza?

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Foto de ¿Qué hacer en estos momentos con el Teléfono de la Esperanza?

En esta tierra del norte hay costumbre de engalanar los carros, esos compañeros de trabajo que durante tantos años han dejado su huella en caminos y veredas y han hecho más llevadero el trabajo diario de nuestros campesinos. Su andar cansino, pero seguro, siempre sonoro y juguetón, evoca tiempos no tan lejanos. Hoy forman parte de nuestro acervo etnográfico. Sirva esta imagen para recordar que el Teléfono de la esperanza no deja de ser un carro de madera engalanado durante más de 40 años por un sin fin de voluntarios, que han dejado su huella, su esfuerzo y su buen hacer, de la mano y la ijada de los hermanos Madrid. Que no hay campesino que no acompañe su camino de una mirada en el horizonte y de un palo que en su punta lleve un acero afilado para arrear los animales de tiro.


¿Qué podemos hacer hoy con este carro, sabiendo que sigue siendo válido y necesario en nuestro mundo sangrante y dolorido? “Que no pare la labor del Teléfono de la Esperanza” nos insistía hace un par de meses una participante de los grupos de autoayuda.

 
1º.- Tirar del carro. No hay carro que no necesite bueyes o animales de labor. Son los voluntarios más decididos, arriesgados, valientes, entusiastas. Los que llevan el Teléfono formando parte de su sangre y de su vida. Son los que Bertolt Brech llamaría “los imprescindibles” en cualquier organización. Sin ellos no habría camino ni futuro y el Teléfono sería un relicario.

 
2º.- Los que acompañan al carro. No hay carro sin labriego. Son los que mantienen el día a día: engrasan los ejes, uncen las vacas, señalan las labores, hacen agradable el día a día. Son la gran mayoría de los voluntarios y voluntarias del Teléfono de la esperanza. Aquellos a los que el poeta León Felipe realzaba porque “querían llegar todos juntos y a tiempo”. Son maestros en hacer grupo y crear sinergias positivas.

 
3º.- Los que se suben al carro. Son los destinatarios del Teléfono de la esperanza: las personas en horas bajas, agachadas, dolorosas, desencantadas o con deseos de crecer y de madurar. Son los tristes, los ansiosos, los trastornados de mil formas distintas, los menesterosos y las cien caras de la pobreza interior y emocional. Son la principal razón de ser del Teléfono de la esperanza. Aquellos a los que el poeta y místico Pedro Casaldálida dedicaba uno de sus más bellos versos: “Al final del camino me dirán:/ ¿Has vivido?.¿Has amado?/ Y yo, sin decir nada/ abriré el corazón lleno de nombres”. No podemos olvidar que el Teléfono está al servicio de una sociedad más humana y fraterna, y no para “engolfarse” en si misma.

 
4º.- Los que hablan mal del carro. Son gente que un día tiraron del carro o lo acompañaron o recibieron su sombra y su calor. Se fueron resabiados, malhumorados y decepcionados, extendiendo la tinta de su propio calamar y haciendo el ambiente más feo y oscuro. Seguro que todos ellos tienen sus propias razones, razones que habrá que escuchar, acoger y repensar. Que nada ni nadie es perfecto. Nada. Nadie. Valga para esa gente los versos bien dichos de Mario Benedetii: “Me gusta la gente capaz de criticarme/ constructivamente y de frente/ sin lastimarme ni herirme/. La gente que tiene tacto”.

 
5º.- Los que ponen palos en las ruedas del carro. Son personas que se gozan en el hacer daño, se vengan haciendo surco de su propia infelicidad. Los que no quieren que nada cambie ni mejore para justificar su propia mentira y necedad. Son gente tóxica, que se lesionan lesionando a los otros, que se maldicen maldiciendo a los demás. Son los verdaderos enfermos de la sociedad. Los contras de cualquier avance personal, grupal y social. Aquellos de los que el sabio de Oriente dijo que “más les valdría que se atasen una piedra de molino al…”.

 
Somos cada uno de los voluntarios y voluntarias del Teléfono de la esperanza los que elegimos qué postura adoptar ante el carro que está entre nuestras manos, reconociendo que no todos podemos-queremos-sabemos ser bueyes, pero sí labriegos.

Valentín Turrado


 

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