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El suicidio, primera causa de muerte no natural en Málaga

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Foto de El suicidio, primera causa de muerte no natural en Málaga
No inspira campañas ni torneos solidarios. Pocos son los que hablan de sus implicaciones en horario de máxima audiencia, pero el suicidio, todavía rodeado de extrañeza informativa, mantiene unos números en la provincia verdaderamente espeluznantes. En la última referencia del Instituto Nacional de Estadística (INE), correspondiente a 2010, la cifra de muertes era de 144, casi el doble de las producidas por accidentes de tráfico–81–. La tasa, que mide su incidencia por cada 100.000 habitantes, es, además, más alta que la media del país, a pesar de que la crisis económica, por contra a lo que se podría pensar atropelladamente, ha rebajado los datos.
 
 
En 2008 los fallecimientos por suicidio en Málaga fueron 178; en 2009, 177. El descenso, aunque relativo, también se aprecia en la tasa, que ha pasado de 11,32 a 8,95, según la información facilitada por la Sociedad Nacional de Psiquiatría. Los especialistas no aprecian en la caída un cambio significativo de tendencia, aunque sí reaccionan para rechazar tajantemente cualquier tipo de relación directa entre las muertes y la situación económica. La recesión ni multiplica ni recorta los suicidios, que siguen teniendo la misma causa, la enfermedad mental, que concentra más del 90 por ciento de los casos. «Los acontecimientos sociales generan más estrés y depresión, pero no se puede establecer un vínculo. En muchas guerras, por ejemplo, la tasa llega, incluso, a descender», declara la doctora Lucía Pérez-Costillas, psiquiatra del Hospital Carlos Haya.
 
 
La reducción de los dos últimos años no debe llevar, sin embargo, a equívocos. El suicidio es todavía la primera causa externa de muerte en la provincia, por encima de los accidentes, los ahogamientos y los homicidios. Más de un millar de personas se quitan la vida cada década en Málaga. La evolución, medida en función de periodos más largos, indica, además, una progresión en Andalucía que contradice al resto del país, en un ciclo a la baja.
 
 
Pérez-Costillas, profesora también de la Universidad de Málaga y referencia académica en el estudio de la lacra, habla de un triángulo negro, apostrofado siniestramente por años de estadística, el que discurre entre Alcalá La Real (Jaén), Córdoba y La Axarquía. Las razones no están claras, aunque sí se ha detectado una mayor prevalencia en la zona del mayor factor de riesgo, la enfermedad mental, en este caso el trastorno bipolar.
 
 
La especialista, al igual que el doctor Lucas Giner, investigador de la Sociedad Nacional de Psiquiatría, niega el lugar común que, a la luz de los datos de algunos países nórdicos, relaciona la conducta suicida con la hostilidad de la naturaleza.
 
 
En el estudio del fenómeno, se apunta a variables de influencia como la altura del terreno o, incluso, la monotonía del paisaje, pero lo único demostrado hasta el momento es la presencia de la enfermedad. Esto, no obstante, tampoco debe dar lugar a generalizaciones. Giner recuerda que la mayoría de los enfermos mentales no se suicidan. «Existen más casos de muerte entre los que padecen depresión, aunque la predisposición es más alta en los pacientes con esquizofrenia o trastorno bipolar», especifica.
 
 
El investigador coincide también con la doctora del Carlos Haya en la necesidad de erradicar otra leyenda urbana, en esta ocasión bastante dañina. Con el suicidio, no vale esa máxima dudosa que indica que el que lo dice no lo hace; es más, alrededor del 60 por ciento de los fallecidos anticiparon, al menos una vez, sus intenciones.
 
 
Pérez-Costillas reconoce que la provincia preocupa a los investigadores. En 2010, la mayoría de muertes producidas en Málaga se concentraron en la franja de edad comprendida entre los 35 y los 65 años, con especial atención a los periodos que van de los 35 a los 49 y los 55 y los 64. Entre los menores de 30 años, se computaron 11 suicidios, todos ellos de hombres.
 
 
Si hay alguna constante, precisamente, en las estadísticas sobre este tipo de fallecimientos es el predominio masculino. Las mujeres acumulan, sin embargo, mayor número de intentos fallidos. De nuevo, las hipótesis son múltiples, aunque ninguna lo suficientemente atestiguada como para convertirse en una evidencia científica. Giner señala al carácter, generalmente más extrovertido, de las mujeres, o dicho de otra forma, a la timidez de los varones, que no acostumbran a contar sus problemas al menos cuando se trata de pedir ayuda. Pérez-Costillas, por su parte, alude a una inclinación más marcada hacia la acción y la violencia.
 
En lo que respecta a las muertes en las que no se detecta la huella de la enfermedad mental, el experto menciona un factor que a menudo se rebaja, la ingesta de tóxicos, especialmente acentuada entre los más jóvenes. «Encontramos ya casos de menores de 30 años que se suicidan sin motivo aparente, casi siempre tras una noche de consumo de drogas como la cocaína», indica.
 
 
Otro de los motivos que se incluyen en este apartado es la enfermedad física, aunque en casi todas las ocasiones, entreverada con alguna patología de orden psicológico. Giner, no obstante, se refiere a dos fenómenos que no ayudan precisamente a atemperar los ánimos: la dificultad, cada vez mayor, para tolerar las adversidades cotidianas y la pérdida de influencia de las redes familiares. «En las sociedades posmodernas los lazos son más débiles. Fíjese por ejemplo en el escaso número de suicidios que se dan en comunidades como la gitana, donde la cohesión social todavía es muy fuerte», razona.
 
 
Muerte por impulso. En el llamado suicidio impulsivo, el acceso a instrumentos peligrosos resulta, además, determinante. En Texas, por ejemplo, el número de muertes bajó tras las nuevas restricciones a la circulación de armas. Otro tanto pasó con la sustitución del frasco de pastillas por el envoltorio de grajeas. En la lucha contra el suicidio cobran importancia estrategias aparentemente banales como elevar la balaustrada de los puentes o esconder los objetos punzantes. «Hay que tener mucho cuidado, por ejemplo, con el cajón en el que se guardan los medicamentos cuando se convive con una persona que padece una de estas enfermedades», resalta la doctora.
 
 
La prevención también mira al contacto. Según Pérez-Costillas, resulta esencial que la persona en riesgo comunique sus intenciones. Otra cosa es la estrategia a adoptar posteriormente, que tiene un camino meridiano, la consulta del especialista. Es en este punto en el que los investigadores reclaman mayor esfuerzo. «Debemos insistir y dar formación específica a médicos de urgencias y de atención primaria. Sabemos cuáles son los puntos negros. Debemos acostumbrarnos a preguntar al paciente por la muerte, aunque sea en consultas de cinco minutos», reflexiona.
 
 
 
El problema es que el suicidio continúa siendo un tema tabú, lo que no sólo dificulta la tarea preventiva, sino también el duelo de las familias. Hace apenas cien años, las víctimas no podían recibir sepultura junto al resto de fallecidos; hoy, muchos todavía lo ocultan. Especialmente, por el sentimiento de culpa. Los allegados al fallecido suelen vivir un proceso de recuperación complicado, en el que se mezcla la incomprensión con la necesidad de buscar responsabilidades. Pérez-Costillas insiste: «Debemos tener muy claro que la causa es casi siempre la enfermedad mental y ahí no hay culpables; la persona que se suicida sufre una patología grave, como ocurre con el cáncer», reflexiona.
 
 
Las cifras de muertes en Málaga se mantienen en sintonía con las del resto de Andalucía, que también acusan una tendencia desfavorable, pese al ligero descenso del último registro. En 2010, un total de 685 personas perdieron la vida por este motivo–las muertes por accidente de tráfico fueron 422–. Málaga fue la segunda provincia más afectada, después de Sevilla (150). Tras ellas se sitúan Granada (98), Cádiz (77), Jaén (75), Córdoba (74), Almería (74) y Huelva, que contabilizó trece fallecidos.
 
 
Lucas Martín
 
 
 

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