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Enrique Galindo, voluntario del Teléfono Esperanza Toledo, publica una nueva novela

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Foto de Enrique Galindo, voluntario del Teléfono Esperanza Toledo, publica una nueva novela

Viene escrito en el Eclesiastés (Biblia) que hay un tiempo para todo: “Hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo: un tiempo para nacer, y un tiempo para morir”. En esta sociedad nos ocupamos más del tiempo de nacer y menos de la muerte, quizá porque nos da miedo hablar de “la innombrable”. No queremos afrontar lo que no podemos evitar y nos dejamos llevar por lo más fácil: ocultar la cabeza bajo el ala, como si lo que no se hablara no existiese. Lo mismo que ocultar el sol con un dedo. Pero la muerte forma parte de la vida. Y podemos aprender a afrontarla.

 

Con motivo del día de la Prevención del Suicidio (10 de septiembre), el Teléfono de la Esperanza de Toledo organizó una mesa redonda en la que yo iba a participar como psicólogo voluntario. Llamé a una amiga de… bastantes años, por si deseaba asistir.

 

            —No,  a eso no voy. ¡Es que tienes unos temas a los que invitarme…! —me reprochó.

            No sirvió de nada decirle que el evento iba dirigido a fomentar las capacidades personales que ayudan a afrontar el sufrimiento: autoestima, humor, participar en actividades, ser solidario, etc.

            Cinco meses después, al presentar públicamente mi novela “La conferencia de La Muerte” (novela de ficción, no ensayo ni libro de autoayuda) y, dado que le gusta asistir a actos culturales, volví a informarle.

            —Pero ¿qué te pasa a ti con la muerte? Es que me invitas siempre a lo mismo —No sirvió de nada explicarle que se trata de una novela imaginada.

            Este es un ejemplo de lo que solemos hacer con lo que no nos gusta: tapamos el sol con el dedo para que no nos queme

 

            En el siglo XV se difundieron por Europa unos manuales anónimos ilustrados denominados Ars Moriendi, dirigidos a la preparación para morir bien. Con ellos se buscaba  fomentar una actitud pacífica y positiva ante la muerte, considerando que un buen morir es clave para alcanzar la salvación: “morir cristianamente, en paz y con gracia de Dios”. Actitud muy lejana a la que nos enfrentamos hoy en día en nuestro entorno, en el cual no queremos ni oír (no digamos ya escuchar) del tema. Si algo no se comenta no existe. Como si hablar de ello fuera una forma de atraerlo y fuera verdad el refrán aquel que dice: “es suficiente que menciones al diablo para que aparezca”.

 

            Y a la par, aceptamos la banalización de la muerte a nuestro alrededor, inundándonos de películas (normalmente de celuloide americano) con muchos muertos por minuto. Mueren los malos de un breve disparo; apenas un fogonazo.No es que mueran, es que se apagan; pero cuando le toca al amigo del protagonista, los guionistas le dejan tiempo para despedirse y morir en los brazos del actor famoso de turno con unas lágrimas lamiendo sus mejillas.

Luego ocurre que no sabemos enfrentarnos a la muerte, no superamos el duelo y tenemos que llamar al Teléfono de la Esperanza para enterarnos de cuando comienza el próximo taller.

 

En la novela citada, el tema de fondo es la banalización de la muerte, que trato de conjurar con la dedicatoria: “A La Muerte, con todo el respeto que se merece. Y un poco más”; porque una cosa es tenerle respeto y otra negarle el saludo, para ver si así se marcha a Damasco y allí no me pilla, como dice el famoso cuento “El gesto de la muerte”.

 

 A lo largo de la historia (la de verdad y la literaria), la muerte se ha abordado de dos formas principalmente: como Fenómeno (¿qué es realmente?: un tránsito, algo físico, una ilusión…), y como Personalización. Esto último ha dado mucho juego (y sigue dándolo en la novela citada). ¿Es un dios o diosa?: Hela, Mulligan, Cali, un Arcángel. Hay para todos los gustos en las mitotologías procedentes de cada rincón del mundo. ¿Qué apariencia tiene: monje con guadaña, esqueleto, mujer exuberante…? Todo ello nos sirve para poner rostro y poder abordar, o conjurar ¡por fin! el fenómeno que tanto nos preocupa. Digo nos preocupa, pero la realidad es que lo apartamos de nuestro lado hasta que no hay más remedio. Si alguien saca el tema (mi hermana tiene cáncer, ayer murió mi vecina…) corremos a consolarlo, no para que no sufra, sino con el objetivo no confesado de que no me cuente y pueda yo mismo permitirme no pensar. Mejor tapar el sol con el dedo, no sea que me queme. Y la naturalidad de afrontar el tema de la muerte, la de verdad, no la de salsa de tomate de las películas, ¿dónde queda? Cualquier día a alguien se le ocurre organizar una conferencia sobre la muerte e invita a impartirla a… la propia Muerte. ¿Es un tema tabú? ¿Podemos permitirnos parar a pensar unos instantes en cómo vivimos la muerte?        

 

LA CONFERENCIA DE LA MUERTE (novela). Enrique Galindo. Editorial Celya.

En una crónica de ambiente urbano: Madrid, 2015; dentro de una atmósfera teatral cercana a la intriga, la Fundación Siete, de carácter filantrópico y cultural, dirigida por don Gervasio, obseso del número siete, programa una conferencia sobre La Muerte, e invita a impartirla a…  la propia Muerte.         Una historia donde nada ocurre como estaba previsto y que mantiene al lector en continua espera, hacia un desenlace incierto ¿Acudirá La Muerte? Si lo hace, ¿bajo qué forma o imagen lo hará? ¿Será un monje esquelético con guadaña, una mujer exuberante,…? ¿Asistirías a una conferencia sobre la muerte? ¿Y si la impartiera La Muerte?

 

Enrique Galindo es psicólogo y escritor. Voluntario del Teléfono de la Esperanza desde 2008, primero en Santiago de Compostela y luego en Toledo. Trabaja en la Consejería de Sanidad y Asuntos Sociales de Castilla La Mancha. Además de la novela “La conferencia de La Muerte”, Tiene publicado el poemario “Ángeles al doblar la esquina”, y cuenta con varios premios literarios, entre los que destacan el prestigioso Premio Internacional “Gabriel Miró” (CAM 2011) y “Una mirada a la enfermedad mental”, de la Universidad de Jaén.

 

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