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“Hay que ser idiota”

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“Hay que ser idiota”

He aquí la frase estrella de mi padre. Esa que repite una y otra vez ante cosas que no entiende. Y de mí, claro está, hay muchas cosas que el hombre no entiende. Por ejemplo:
-  Que me junte con gente para practicar el silencio y estemos una hora o más meditando, sin hablar ni mirarnos, sintiéndonos además felices.
-  Que me pase mucho tiempo en el monte, caminando de un pueblo a otro a través de senderos, habiendo coches como los hay y carreteras como Dios manda.
-  Que dedique gran parte de mi tiempo a actividades que no me reportan ningún beneficio económico, tal como están las cosas.
-  Que pierda el tiempo leyendo o escribiendo.
-  Que cuide las flores del jardín y las plantas de casa, cuando lo único que dan es trabajo absurdo, ya que, pasado un tiempo, se mueren y se acabó.
-  Que gaste dinero viajando, cuando se puede estar tan bien en el pueblo.
-  Que tenga amigos “raros”, de esos que no encajan en los círculos sociales habituales. Y que los haya mantenido durante años.
-  Que prefiera el monte al bar o el libro a la televisión o el silencio al cotilleo del pueblo o….
Y así podríamos seguir.
De tanto repetirme que “hay que ser idiota” voy a empezar a creérmelo. Aunque, a estas alturas, sí he llegado a una conclusión: prefiero ser una idiota feliz que una lista amargada. Idiotas felices no hay tantos y listos amargados sobran en todas partes.

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