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Espinas

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Espinas

De niña pasaba gran parte del verano con mi abuela en el pueblo. Era feliz estando con ella y muchos de mis recuerdos y aprendizajes vienen de aquella época y de aquel entorno.

El que ahora tengo en la memoria es el de las espinas en las rosas.

Tenía mi abuela una amiga que vivía en una casa con un gran jardín y, cada vez que íbamos de visita, ella o el marido me regalaban algunas rosas. Rosas de esas de color y olor intenso, pero llenas de espinas. Invariablemente, siempre que me las entregaban me advertían de tener cuidado con las espinas. Invariablemente también, siempre me acababa pinchando con ellas. No quería cogerlas y llegué a temer las visitas porque ya sabía lo que me esperaba. Odiaba el momento en que salíamos al jardín y se disponían a cortar las rosas.

He pensado muchas veces en esto. Cómo es posible rechazar las rosas en lugar de aprender a cogerlas bien. Cómo es posible decir no al color y el olor que ellas ofrecían sólo por el hecho de que me podían herir los dedos. Prefería renunciar a la belleza para evitar los rasguños. Me quedaba en el miedo al dolor y no llegaba más allá.

Con el tiempo he aprendido que muchas cosas en la vida tienen, como las rosas, belleza y espinas de forma inseparable. Si quiero la una tengo que aceptar las otras.  Y, si no, no tengo nada.

Evitar el dolor de las espinas es privarme de la belleza de las rosas. Y no merece la pena.

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