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El Teléfono de la Esperanza en el Día de la Mujer Trabajadora

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Foto de El Teléfono de la Esperanza en el Día de la Mujer Trabajadora
 
El machismo es "como un calabobos con el que todos nos mojamos sin darnos cuenta", indica una promotora de igualdad.  El 83% de las llamadas al Teléfono de la Esperanza son de mujeres
 
 
   
El acceso al empleo, el sustento para la familia y conseguir la igualdad entre sexos en todos los ámbitos son algunas de las cuestiones a las que se tienen que enfrentar las mujeres en la actualidad. Las mismas que hace diez, 20 o 50 años. El mundo ha evolucionado a nivel tecnológico y científico, facilitando la vida a las personas de una forma que hace una década era impensable y, sin embargo, la sociedad sigue estancada en el androcentrismo. 
 
 
Los últimos datos publicados por el Ministerio de Empleo reflejan una triste realidad: la tasa de paro en mujeres en la provincia el pasado mes de febrero era de un 54,32%, sólo el 3% de los contratos indefinidos del pasado año se realizaron a mujeres y la brecha salarial entre ambos sexos es de un 23%. Son sólo algunos datos de la realidad social española. 
 
 
Durante la juventud, las empresas evitan los contratos a mujeres por el riesgo de quedarse embarazadas, y cuando llega la madurez y quieren incorporarse al mercado laboral (bien porque los hijos ya se han independizado o porque su casa necesite ingresos) tienen falta de formación o desfase en sus conocimientos. 
 
 
La promotora municipal de igualdad del Distrito Sureste y Levante, Carmen León, incide en que "las mujeres estamos sufriendo la crisis económica doblemente y además se ha vuelto a recuperar la idea de que el empleo es una cuestión de hombres, de padres de familia, y que las mujeres nos tenemos que incorporar cuando lo necesite el hogar, y sino le estamos quitando el puesto de trabajo a los hombres". 
 
 
Tanto es así que afirma que "el machismo es como una lluvia calabobos con la que todos nos mojamos" porque pertenece a la tradición. De esa forma, "la construcción que hacemos y cómo aprendemos a ser hombres y mujeres está impregnada del machismo". En ese proceso se transmiten una serie de roles de lo que se supone que debe ser un buen hombre y una buena mujer. En el primer caso "se espera que sea protagonista, seguro de sí mismo y que ocupe un espacio público" mientras que de la mujer "todo lo contrario, como dice el refrán de 'detrás de un hombre siempre hay una gran mujer', pero a la sombra". "Ese es el papel que aún hoy nos sigue transmitiendo la sociedad" y además se ejerce "mucha presión" para que "estemos pendientes de todo el mundo, pero mirarnos a nosotras mismas, poquito", aseveró León. 
 
 
Esto se traduce, explica la promotora de igualdad, en todos los ámbitos de la vida, desde el colegio, cuando los niños ocupan todo el patio del recreo mientras que las niñas se sientan más apartadas y hacen juegos de otro tipo. "Son micromachismos, pequeñas cosas que vemos naturales pero no lo son", apunta, y "es muy difícil darnos cuenta, aunque con ello los hombres se están perdiendo cosas muy gratificantes de la vida como cuidar del bien vivir de las personas que quieres; eso es un valor". 
 
 
En otro sentido, León manifiesta que "a veces confundimos trabajo con empleo" porque en el primer caso las mujeres realizan tareas de cuidado de la familia y el hogar, generando "una riqueza invisible, como casi todas las cosas que aportan las mujeres". La realidad es que "el mundo es androcéntrico, el hombre es la vara de medir, nada está diseñado para las mujeres y en el mercado laboral menos todavía", asevera. 
 
 
En esa línea, León trabaja con colectivos y asociaciones de mujeres para que asuman responsabilidades en las entidades donde participan porque "hacen el trabajo y están ahí, pero no tienen ningún interés en salir en la foto". Es decir, trata que su participación sociopolítica sea más visible y que asuman protagonismo. 
 
 
A nivel individual, su trabajo se centra en el asesoramiento y orientación de las mujeres que llegan hasta su despacho y cuyas principales preocupaciones se centran en la falta de empleo y formación, y en la violencia de género. 
 
 
Precisamente de la discriminación y desigualdad "se alimenta" la violencia machista, una lacra que la sociedad no consigue erradicar y que cada año suma centenares de víctimas. En el ámbito de la protección, la Policía Local de Córdoba juega un papel fundamental a través de la Unidad de la Mujer, que está compuesta por nueve miembros que se encargan de la protección de las víctimas con órdenes de protección. La agente María del Carmen Flores forma parte desde 1998 de este servicio -del que Córdoba fue pionera- y se encarga de recibir a las mujeres que llegan a comisaría, bien derivadas del Servicio de Atención a las Víctimas de Andalucía (SAVA), del Instituto Andaluz de la Mujer (IAM) o porque han escuchado que hay una Unidad de Mujer. 
 
 
"Unas vienen decididas porque llegan informadas por su abogado o por amigas y van directamente a denunciar" mientras que otras "vienen a preguntarme" y entre sus dudas están en qué va a consistir el proceso, qué ocurre si denuncian y si no consiguen una orden. Si se deciden, se derivan a la Oficina de Denuncia a la Mujer y el Menor (ODAN) y al día siguiente hay un juicio rápido. En caso de que consiga la orden de protección, Flores llama a la mujer por teléfono para que vaya a comisaría a hacer una entrevista "de tú a tú", crea el expediente y la informa de todo lo que conlleva su protección y cómo va a ser el servicio. "Nosotros la recogemos, la entrevistamos, nos informamos de cómo es su vida y su rutina para ver por dónde anda el agresor y ella, y asignamos a un policía de paisano del equipo Libra para que esté en contacto permanente con ella", explica la agente. Además se le facilita unos teléfonos de contacto. 
 
 
Flores expone que "la vigilamos hasta el final de la orden de protección para que el agresor no se le acerque, que no se comunique con ella, y la acompañamos a los juzgados y al médico forense cuando lo requiera". Para esta agente es un trabajo "gratificante y que te llena" del que está muy orgullosa: "Mi trabajo me encanta, los compañeros están muy sensibilizados con este tema y hacemos una labor muy bonita", concluye. 
 
 
Otro de los puntales en la ayuda a las víctimas es la atención psicológica y el IAM ofrece este servicio a través de dos profesionales. Antonio Agraz es uno de ellos y explica que muchas de ellas llegan con miedo porque "piensan que la pareja o expareja las está vigilando". En la primera toma de contacto, cuando este psicólogo les pregunta cuál es el motivo de la consulta, "al principio parece que no pueden hablar pero después tienen un cúmulo de emociones, normalmente negativas y de miedo por lo que han pasado, y prácticamente te lo cuentan todo". La mayoría de ellas llega con la idea de que no quiere denunciar, les da mucho miedo hacerlo y "algunas ni siquiera piensan que lo que les está ocurriendo son malos tratos", manifiesta Agraz. 
 
 
Cuando llegan al IAM, los psicólogos las evalúan, ven cuál es la problemática, sus características, y las derivan a grupos de terapia "porque así se dan cuenta de que no están solas, de que no son un bicho raro y hay otras mujeres a las que también maltratan o han maltratado y están buscando la solución para poder separarse y tener una vida mucho mejor". Hay otros grupos encaminados a que tengan un adecuado crecimiento personal porque se encuentran con una baja autoestima. Dependiendo de su evolución, se derivan a otros servicios o se les da el alta. 
 
 
El apoyo a las mujeres también viene desde el Teléfono de la Esperanza, cuyo número es el 957 47 01 95. De hecho, aproximadamente el 83% de las personas que llaman lo son, y la mayoría con edades de entre 30 y 64 años. Isabel Medina, psicóloga sanitaria y voluntaria del Teléfono de la Esperanza manifiesta que los principales problemas que presentan son "psicológicos o psiquiátricos, familiares, de pareja, de relación con los hijos, trastornos de ansiedad, dependencia emocional, maltrato psicológico y físico, baja autoestima, sobrecarga de obligaciones y responsabilidades o intento de suicidio". En resumen, "el denominador común en casi todas es la soledad". 
 
 
Para Medina, el solo hecho de llamar al Teléfono de la Esperanza "es un acto de valentía y de deseos de salir de la situación en la que se encuentran". Su inquietud en ese momento "es buscar a alguien que les ayude a encauzar su vida y le acompañe en ese momento de crisis emocional que están viviendo; buscan sobre todo ser escuchadas y eso es lo primero que encuentran aquí", manifiesta la psicóloga.
 
 
 

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