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La soledad es el mayor problema de los sevillanos, según el «teléfono de la esperanza»

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Foto de La soledad es el mayor problema de los sevillanos, según el «teléfono de la esperanza»

Usan terminales más modernos para atender las miles de llamadas que reciben, pero en la sede sevillana del «teléfono de la esperanza», situada en la Avenida de la Cruzcampo, conservan los modelos que empezaron a utilizar en 1971, cuando Serafín Madrid, fundador de la Ciudad de San Juan de Dios en Alcalá de Guadaira, creó este servicio de atención telefónica que se iría extendiendo por todo el país y que recibe hoy llamadas de Estados Unidos, Colombia y otros países latinoamericanos.

 

Casi cincuenta años de dolorosas confidencias, de sonrisas y lágrimas, flotan en la cálida atmósfera de esta vieja casona cercana a la Gran Plaza en la que prestan ayuda unos setenta voluntarios, una pequeña parte de los casi mil setecientos que colaboran con «el teléfono de la esperanza» en toda España.

 

El color de cada uno de los tres teléfonos de la imagen simboliza cada una de las fases de la atención. El rojo es el de la emergencia, el que representa a las personas que no ven salida a sus problemas y que llaman con la idea del suicidio sobrevolando sus cabezas.

 

El negro identifica a las personas con serios problemas (separación familiar, pérdida de trabajo) que encierran en su interior soluciones a estos contratiempos. El verde es el que suena cuando esa persona que pasó por el rojo o por el negro ha logrado salir del túnel y agradece a los voluntarios su ayuda. Es la mejor llamada.

 

Muchos quieren ayudar pero no todo el mundo sirve. Un curso de seis a nueve meses les ayuda a formarse y a desvelar sus aptitudes. El perfil del voluntario es variado aunque la mayoría son mujeres y, casi la mitad, psicólogos. También hay profesores, ingenerios, abogados, comerciales, funcionarios y amas de casa.

 

Todos ellos pasan por seis o nueve meses de formación donde se les enfrenta a los problemas más frecuentes de las personas que acuden al «teléfono de la esperanza». Hay titulados universitarios que no son capaces de afrontarlos; y amas de casa, sin estudios, que sí. Un voluntario no puede ponerse a llorar con la persona que llama, ni perder la paciencia con una llamada larga que se convierte en un bucle.

 

«No somos superhombres ni supermujeres pero debemos tener una madurez para sostener el sufrimiento de la gente. Si el voluntario no tiene esas habilidades para saber escuchar o no puede controlar sus emociones, le ubicamos en otras tareas. Todo el mundo es bien recibido aquí», cuenta su presidente, Manuel García Carretero, psicólogo jubilado, de 60 años de edad, al que todos llaman «Manolo».

 

La crisis

 

La crisis económica acentuó el trabajo de los voluntarios porque la pérdida del empleo suele traer adheridas a su cola problemas familiares, separaciones y rupturas. «La macroeconomía ha podido mejorar en los últimos años pero la salida de la crisis no la notan todavía muchas familias. Recibimos el mismo número de llamadas que hace cinco años», comenta García Carretero, que lleva 23 años como voluntario y ha visto y oído muchas cosas.

 

«Al final se forma un cóctel peligroso, porque el horizonte se oscurece mucho para estas personas casi de repente y un porcentaje de ellos no ve otra salida que el suicidio», comenta. Los voluntarios tratan primero de calmar a la persona porque en cuanto reduce su nivel de activación puede empezar a razonar y desechar sus ideas violentas. Sólo entonces los mensajes de esperanza pueden abrirse paso.

 

Aunque las adicciones al alcohol o a otras drogas resultan habituales en algunas llamadas, lo más frecuente son los conflictos familiares y la soledad, el mayor problema al que se enfrentan los voluntarios. «Llama mucha gente que está sola. La soledad es uno de los mayores problemas que existen en Sevilla, especialmente en las personas mayores», cuenta Carretero.

 

Lo peor es que este problema no deja de crecer y cada vez más gente vive sola sin tener con quien hablar. «Los pensamientos negativos de que ya no valgo nada, o no le importo a nadie, son muy peligrosos cuando se hacen repetitivos», comenta este psicólogo que, junto con otros expertos profesionales, organiza talleres y charlas en la sede del teléfono de la esperanza, a las que se puede asistir libremente.

 

Otra soledad que han comenzado a detectar los voluntarios es la soledad en compañía. «Esto le pasa no sólo a la gente mayor sino a personas jóvenes, que nos empiezan a llamar mucho por este motivo», comenta Antonio, un funcionario sevillano de 59 años que colabora con «el teléfono de la esperanza» desde hace cuatro.

 

Entre 35 y 60 años

 

Aunque la persona que llama no tiene por qué decir su nombre ni se conserva ningún registro de su llamada, se le suele preguntar la edad para mejorar la atención. «La mayor franja de usuarios está entre los 35 y los 60 años. La segunda es de 60 en adelante y llaman más mujeres que hombres», comenta Manolo, al que su experiencia en este teléfono le indica que los espectaculares avances en la tecnología no han mejorado la comunicación entre las personas.

 

«La gente se sienta igual o más sola que antes, a pesar de la facilidad para comunicarse de forma instantánea con casi cualquier persona situada en la otra punta del mundo. La gente necesita verse la cara, mirarse a los ojos, hablar y escuchar, pero eso no se consigue con los emoticonos a las redes sociales», dice.

 

Lo que no hace «el teléfono de la esperanza» es dar consejos. «Nosotros no damos recetitas ni somos un consultorio radiofónico. La solución la tiene la persona y es ella la que tiene que encontrarla. No vendemos nuestra moto ni nuestra propia opinión sobre su problema», comenta su presidente.

 

García Carretero recuerda una llamada de una chica embarazada que no se veía en condiciones de ser madre y se planteaba abortar. «Cada uno de nosotros tiene sus creencias pero debemos apartarlas cuando atendemos a alguien. Estamos adiestrados para que no incurramos en sugerir nuestras opiniones. De cada llamada aprendemos cosas que nos tienen que servir para la siguiente», confiesa.

 

Más mujeres

 

Carmen, viuda de 84 años, es una de las que más ha dado, según reconocen sus compañeros. Es la más veterana, pues colabora con el teléfono de la esperanza desde hace 33 años. «Vine casualmente por la revista y la entonces presidenta me dijo que yo tenía cualidades para escuchar», cuenta. Ha escuchado a cientos de personas angustiadas y muchas llamadas la impresionaron pero prefiere no recordar ninguna. A veces la desmemoria resulta necesaria para seguir adelante. «Lo que sí le puedo decir es que la gente tiene los mismos problemas ahora que hace 33 años, cuando yo empecé».

 

Las mujeres tienen más facilidad para escuchar, hablar y compartir su sufrimiento que los hombres. Por esa razón, hay más voluntarias y llaman también más mujeres. Dice Carmen, que ha criado a ocho hijos, que «la gente, en general, es buena. Los medios de comunicación suelen sacar siempre a la gente mala, que también la hay, pero hay mucha más gente buena. Y ésa casi nunca sale o sale muy poco», asegura.

 

https://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-soledad-mayor-problema-sevillanos-segun-telefono-esperanza-201812090830_noticia.html

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